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Un hito para la olivicultura andaluza: dos décadas de cruzamientos contra la verticilosis

La verticilosis del olivo continúa siendo una de las principales enfermedades del olivar andaluz. Debido a la ausencia de tratamientos curativos eficaces, su manejo se basa en la prevención y en la gestión integrada del cultivo, tal y como recuerdan desde la Red de Alerta e Información Fitosanitaria de Andalucía (RAIF). La investigación y la experiencia de campo han demostrado que la mejor estrategia consiste en evitar el establecimiento del patógeno y minimizar su impacto mediante prácticas preventivas, en línea con el enfoque actual de la Sanidad Vegetal.

La dificultad para controlar esta enfermedad radica en la biología de Verticillium dahliae, capaz de sobrevivir en el suelo durante más de quince años mediante microesclerocios, además de presentar un patotipo defoliante, más agresivo, y otro no defoliante, de evolución generalmente más lenta. Esta complejidad le confiere un aspecto que con frecuencia pasa desapercibido: la verticilosis debe entenderse como un síndrome vascular más que como una enfermedad con sintomatología específica. La colonización del xilema altera el transporte de agua y nutrientes, y puede manifestarse como apoplejía, decaimiento lento, marchitez, clorosis o defoliación.

Estos síntomas pueden confundirse fácilmente con problemas fisiológicos, exceso de humedad o enfermedades radiculares causadas por otros patógenos, de modo que un diagnóstico preciso constituye el primer paso para plantear cualquier estrategia de manejo. Tras muchos años de investigación se ha comprobado que ninguna medida aplicada de forma aislada consigue un control adecuado. La eficacia reside en la combinación de actuaciones preventivas capaces de reducir la presión de inóculo y dificultar la infección del cultivo.

Este modelo coincide con los principios del Reglamento Específico de Producción Integrada del Olivar, que sitúa la prevención como eje de la protección fitosanitaria. El uso de material vegetal certificado, la elección de parcelas con bajo riesgo, el empleo de variedades más tolerantes, una fertilización equilibrada, el manejo adecuado del riego, la eliminación de restos vegetales infectados, la desinfección de maquinaria y herramientas o la reducción del laboreo forman parte de una estrategia múltiple cuyo objetivo no es eliminar el hongo, sino minimizar el riesgo de que la enfermedad se desarrolle.

Desde este enfoque se han impulsado nuevas líneas de investigación: el control biológico mediante microorganismos antagonistas, especialmente especies de Trichoderma, el empleo de enmiendas orgánicas y técnicas de biofumigación, el estudio del microbioma asociado a las raíces, los sistemas de desinfección del agua de riego o el uso de teledetección para el diagnóstico precoz. Entre todas ellas, la mejora genética se perfila como la más prometedora. Durante años se conocía la resistencia parcial de variedades como ‘Frantoio’ o ‘Empeltre’, pero sus limitaciones agronómicas dificultaban una implantación amplia.

Ese objetivo se ha materializado con la presentación, por parte del Instituto Andaluz de Investigación y Formación Agraria, Pesquera, Alimentaria y de la Producción Ecológica (IFAPA), de tres nuevas variedades resistentes: Urgavona, Cástula e Iliturgitana. Son el resultado de más de veinte años de cruzamientos entre parentales resistentes, selección agronómica y evaluaciones en cámaras de cultivo, microparcelas inoculadas y ensayos de campo. Han sido obtenidas por el investigador del IFAPA Lorenzo León y el investigador científico del Instituto de Agricultura Sostenible (IAS-CSIC) Raúl de la Rosa. No son, sin embargo, una solución única: su verdadero valor reside en incorporarse al conjunto de medidas preventivas de la Gestión Integrada de la enfermedad.

Fuente: ASAJA Jaén

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