Pedro Barato, presidente de ASAJA
Cada mañana, en miles de pueblos de España, un agricultor arranca el tractor y echa cuentas. Gasóleo, abono, luz para el riego, pienso para los animales. Y al final, lo que le pagarán por lo que produce. Cada vez más a menudo esas cuentas no salen. Puede parecer un problema del campo, pero lo que pasa en esa cuenta acaba, tarde o temprano, en la mesa de todos.
Por eso el miércoles 28 de octubre el campo vuelve a Madrid. ASAJA, COAG y Unión de Uniones lo hacemos juntos, bajo un lema que resume lo que sentimos: Dar de comer tiene que dar para vivir. Por un campo con futuro. Llevamos cinco reivindicaciones, y cada una tiene una razón de peso.
Primero, los costes. En el campo se paga antes de cobrar. La factura del fertilizante llega meses antes que la cosecha, y nadie garantiza que lo invertido se recupere. Cuando los costes suben y el precio no acompaña, el agricultor no puede subir tarifas como haría otro negocio: aguanta hasta que no puede más. Por eso pedimos un plan de choque y un gasóleo profesional agrícola, porque el tractor es una herramienta de trabajo y no un coche particular. Hay sectores que ya están al límite. El cereal es el ejemplo más claro, y si desaparece no solo perdemos explotaciones: perdemos capacidad para producir nuestro propio alimento.
Segundo, la PAC. La Política Agraria Común nació para que a Europa no le faltaran alimentos, y esa razón sigue vigente. Un joven que quiere incorporarse al campo invierte para veinte años, así que necesita saber con qué reglas va a jugar. Defendemos una PAC fuerte, con presupuesto propio y suficiente y que siga siendo común. Recortarla hoy es aceptar que mañana dependeremos de otros para comer.
Tercero, los precios justos. Una familia mira el ticket de la compra y se pregunta cómo puede costar tanto. Un agricultor mira lo que cobra por su cosecha y se pregunta cómo puede recibir tan poco. Las dos preguntas son legítimas. La Ley de la Cadena prohíbe comprar al productor por debajo de lo que le cuesta producir, pero esa protección solo sirve si se vigila y se sanciona. No pedimos que la compra sea más cara. Pedimos que el reparto sea más justo.
Cuarto, la competencia desleal. El campo español exporta con orgullo, así que no estamos contra el comercio. Pero a nuestros agricultores y ganaderos se les exigen algunas de las normas más estrictas del mundo en medio ambiente, bienestar animal y uso de fitosanitarios, y eso tiene un coste. No es razonable abrir la puerta a producciones de Mercosur o Marruecos que no asumen esas mismas exigencias. Pedimos reciprocidad, controles reales y un etiquetado claro, para que el consumidor sepa lo que compra.
Quinto, la burocracia. Cada hora delante de un ordenador, repitiendo datos que la Administración ya tiene, es una hora menos cuidando los animales o vigilando el cultivo. Aceptamos los controles, porque somos los primeros interesados en producir con garantías. Lo que pedimos son normas claras y útiles, que nos dejen tiempo para trabajar.
Sabemos que una tractorada causa molestias, y lo lamentamos. No salimos por gusto. Por eso pido algo a quienes nos lean desde la ciudad: cuando vean los tractores por Madrid, no piensen en un atasco, piensen en su despensa.
Al Gobierno actual, al que salga, a la oposición y al resto de partidos políticos les pedimos lo mismo que se nos exige a nosotros cada día: hechos. Sin rentabilidad no hay relevo generacional, y sin relevo no hay pueblos vivos ni alimentos producidos aquí. Defender el campo es defender lo que comemos y el país que queremos ser.

