Hace unos días, mientras los ministros de Agricultura de la Unión Europea se reunían en Chipre para debatir sobre riesgos agroclimáticos, los presidentes de COPA-COGECA lanzaban un aviso que no debería caer en saco roto: la seguridad alimentaria de Europa está en peligro. Y el tiempo para actuar se acaba.
No es retórica. Es una advertencia fundamentada en datos y en una realidad que los agricultores españoles conocen bien desde hace años.
Desde la invasión rusa de Ucrania, los precios de los fertilizantes se han mantenido estructuralmente altos, sin que Europa haya encontrado una respuesta suficiente. Ahora, el conflicto en Oriente Medio añade una nueva presión: los costes de la energía, el combustible, los piensos, el embalaje y la logística vuelven a dispararse. La tormenta perfecta sobre las explotaciones europeas no amaina. Se intensifica.
Y en este contexto, la respuesta de la Comisión Europea ha sido insuficiente. Los mecanismos activados hasta ahora están lejos de compensar el daño acumulado. Mientras tanto, el acuerdo con Mercosur avanza —incluso antes de que se pronuncie el Tribunal de Justicia de la UE— abriendo las puertas a productos que no están sometidos a las mismas exigencias que se imponen a los agricultores europeos. Más cargas para los de aquí. Más competencia desde fuera. Una ecuación que no cuadra y que nadie debería aceptar como normal.
Desde ASAJA llevamos tiempo diciéndolo: no se puede pedir al agricultor europeo que sea el más exigente del mundo en materia ambiental, de bienestar animal y de seguridad alimentaria, y al mismo tiempo abrirle la puerta a la competencia de quienes no cumplen esas mismas reglas. Eso no es libre comercio. Es competencia desleal.
El Plan de Acción sobre Fertilizantes que la Comisión tiene previsto presentar el próximo 19 de mayo es una oportunidad. Pero debe estar a la altura del momento. No vale un documento de buenas intenciones. Hacen falta soluciones concretas: inmediatas, para aliviar la presión de esta campaña; a medio plazo, para estabilizar los mercados de insumos; y estructurales, para que el modelo productivo europeo tenga futuro.
La agricultura no es un sector más. Es la base de la alimentación, de la estabilidad territorial y de la soberanía estratégica de Europa. Un continente que no es capaz de alimentarse a sí mismo no es un continente fuerte.
El campo no puede seguir esperando. Y los agricultores no pueden seguir solos ante una crisis que es, en realidad, de todos.

