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El fertilizante en el alambre

Artículo de opinión por José María Castilla Director de la Oficina de ASAJA ante la UE

Hay cifras que no admiten interpretación benévola. En enero de 2026, las importaciones de fertilizantes nitrogenados en la Unión Europea se desplomaron más de un 80% respecto al mismo mes del año anterior. Pasaron de superar el millón de toneladas a quedarse en torno a las 190.000. No es una oscilación coyuntural: es un frenazo brusco en un insumo que sostiene buena parte de la productividad agraria europea.

La entrada en vigor del régimen definitivo del Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (MAFC/CBAM) el 1 de enero de 2026 coincide con ese desplome. El dato es objetivo. También lo es que los fertilizantes nitrogenados representan cerca de la mitad del consumo total de fertilizantes en la UE y que una parte sustancial depende de importaciones. Cuando el flujo exterior se contrae de esta manera, el mercado no lo absorbe sin consecuencias.

La consecuencia inmediata es doble: tensión en disponibilidad y presión en precios. Y en agricultura, eso no es un problema contable; es una amenaza productiva. El fertilizante no es un lujo, ni un elemento sustituible a voluntad. Forma parte estructural de la ecuación de rendimientos. Si el agricultor reduce dosis por precio o por incertidumbre de suministro, la producción cae. Y si cae la producción, el problema deja de ser sectorial para convertirse en alimentario.

Conviene decirlo con claridad: las políticas climáticas y comerciales pueden tener objetivos legítimos —reducir emisiones, limitar dependencias estratégicas—, pero cuando su aplicación genera distorsiones de esta magnitud, la responsabilidad pública no termina en la norma. Continúa en la gestión de sus efectos.

España no es ajena a esta discusión. Nuestro país, como Estado miembro, ha respaldado en el Consejo decisiones relevantes en materia comercial y de ajuste en frontera. Es cierto que en el último Consejo AGRIFISH se perciben matices y cambios de tono. Bienvenidos sean. Pero el agricultor no vive de matices: vive de costes y márgenes.

Por eso, el Ministerio de Agricultura debe volver a activar una ayuda de Estado que compense el encarecimiento de los fertilizantes. Ya lo hizo en el contexto de la crisis derivada de la guerra en Ucrania, con una línea específica para aliviar el sobrecoste de este insumo. Hoy, con importaciones desplomadas y un mercado tensionado, existen argumentos suficientes para reactivar un instrumento similar. No se trata de subvencionar ineficiencias; se trata de evitar que una decisión regulatoria europea acabe pagándose íntegramente en la cuenta de resultados del agricultor.

Pero no todo es Bruselas ni todo es Gobierno. La cadena agroalimentaria debe comportarse como tal. Y aquí hay que señalar una cuestión incómoda: parte de la industria de fertilizantes no está mostrando una visión de cadena acorde con la gravedad del momento. Defender medidas proteccionistas sin integrar de forma proactiva al sector agrario en la búsqueda de soluciones conjuntas es, como mínimo, miope.

Si el agricultor no puede asumir el coste o no encuentra producto, reduce consumo. Si reduce consumo, cae producción. Si cae producción, se contrae el mercado al que esa misma industria vende. Pensar que la protección institucional basta para garantizar estabilidad es un error estratégico. Sin base productiva sólida, no hay industria sostenible.

No estamos ante un debate teórico sobre transición verde. Estamos ante un problema práctico de disponibilidad y asequibilidad de un insumo esencial. Cuando las importaciones se hunden más de un 80%, los precios siguen tensionados y las existencias generan inquietud, la prudencia aconseja actuar.

Suspender, modular o revisar instrumentos europeos es una discusión legítima. Pero mientras esa discusión se produce, el agricultor tiene que sembrar. Y para sembrar necesita fertilizante. Con previsibilidad, con precio asumible y con respaldo institucional cuando las decisiones políticas alteran el equilibrio del mercado.

La transición será justa o no será. Y no será justa si el ajuste recae, una vez más, en el eslabón más débil de la cadena: el productor.

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