Saltar al contenido

Autonomía energética europea sin fertilizantes: una estrategia coja

La Comisión Europea ha decidido cerrar definitivamente la puerta al gas ruso. La medida se presenta como un paso firme hacia la autonomía energética y la reducción de dependencias externas. Sin embargo, más allá del titular, esta decisión deja al descubierto una contradicción de fondo que Europa no puede permitirse: se habla de independencia energética, pero se ignora el impacto directo sobre los fertilizantes, un insumo crítico para la producción agraria.

No hay soberanía alimentaria sin fertilizantes, y no hay fertilizantes sin energía asequible. Pretender disociar ambos debates no solo es un error técnico, sino una debilidad estratégica. Energía y producción agraria forman parte de la misma cadena, y cualquier ruptura en uno de sus eslabones compromete el conjunto.

La industria europea de fertilizantes, especialmente la de nitrogenados y amoníaco, atraviesa una situación muy vulnerable. El encarecimiento del gas natural ha erosionado su competitividad, agravado por la aplicación del ETS, que incrementa los costes de producción sin ofrecer alternativas tecnológicas viables a corto plazo. Además, el CBAM sigue sin proporcionar una protección efectiva frente a importaciones de países con menores exigencias ambientales y costes más bajos.

La combinación de estos factores genera un efecto acumulativo grave: la industria europea asume los costes del carbono, pero carece de mecanismos operativos que garanticen una competencia equilibrada. El resultado es claro: riesgo de cierre de plantas, reducción de capacidad productiva y mayor dependencia exterior.

En el campo español, el agricultor —ya afectado por márgenes ajustados y altos costes de insumos— se enfrenta a una mayor volatilidad en los precios de los fertilizantes y a una incertidumbre creciente en el suministro, lo que condiciona la planificación de campañas y compromete la rentabilidad.

El impacto alcanza también al consumidor: cuando los costes en origen aumentan, se trasladan al precio final de los alimentos, encareciendo la cesta de la compra y reduciendo el poder adquisitivo de las familias. Una política que pretende reforzar la autonomía estratégica puede terminar debilitando tanto al productor como al consumidor.

Europa busca reducir su dependencia energética, pero corre el riesgo de sustituirla por una dependencia estructural de fertilizantes importados, procedentes de países con estándares ambientales más bajos, lo que traslada emisiones fuera de nuestras fronteras sin reducirlas realmente.

Desde ASAJA se considera que esta falta de coherencia debe corregirse con urgencia. Si los fertilizantes son un insumo esencial, deben ser tratados como sector estratégico dentro de la política europea. No basta con avanzar en autonomía energética si se descuida uno de los pilares básicos de la producción de alimentos.

Es necesario asegurar la continuidad de la producción europea y adoptar medidas concretas que eviten la deslocalización industrial, incorporando una visión integral que conecte la política energética con la seguridad alimentaria.

La autonomía estratégica no puede construirse con visiones separadas. Energía, fertilizantes y producción agraria forman parte de un mismo sistema. Ignorar esta realidad no es solo una incoherencia política, sino un riesgo económico y social.

Porque, en última instancia, la cuestión es sencilla: sin fertilizantes, no hay agricultura. Y sin agricultura, Europa pierde su capacidad de alimentarse con garantías y seguridad.

Gestionar Cookies
Aviso de cookies
Utilizamos cookies para ofrecerte la mejor experiencia en nuestra web.

Puedes aprender más sobre qué cookies utilizamos o desactivarlas en los ajustes. Para obtener información adicional sobre el uso de las cookies, acceda a nuestra política de cookies