En Europa llevamos cinco años hablando de cáncer, alimentación y salud. Y cinco años evitando el debate incómodo. Porque es mucho más sencillo pintar envases de colores, subir impuestos o señalar a los alimentos de siempre que afrontar el verdadero problema: qué estamos comiendo y cómo se nos está educando para elegirlo.
ASAJA hace suyo el mensaje lanzado por Eat Europe y Farm Europe porque pone el foco donde incomoda. No en la carne, no en el vino, no en los productos reconocibles y ligados al territorio, sino en los ultraprocesados, esos alimentos sin rostro, sin origen y sin campo detrás, pero con una presencia cada vez mayor en la dieta diaria.
Resulta llamativo que, en nombre de la salud pública, se criminalicen alimentos mínimamente procesados mientras se tolera que productos reformulados hasta el infinito se presenten como opciones “saludables” gracias a un logotipo amable. El semáforo tranquiliza, aunque la ciencia diga otra cosa.
También se nos asegura que gravar alimentos mejorará la salud. La experiencia demuestra justo lo contrario: menos calidad, más confusión y ningún beneficio duradero. Pero insistimos, quizá porque el impuesto es fácil de aprobar y la educación exige tiempo, esfuerzo y coherencia.
El debate sobre el alcohol sigue el mismo patrón. No se distingue entre abuso y moderación, entre consumo irresponsable y cultura alimentaria. Meter todo en el mismo saco simplifica el mensaje, sí, pero lo vacía de rigor.
Desde ASAJA defendemos algo aparentemente revolucionario: tratar al consumidor como a un adulto informado. Explicar qué es un alimento ultraprocesado, por qué conviene reducir su consumo, qué papel juega el origen, la estacionalidad o el grado de transformación. Y, a partir de ahí, dejar elegir.
Combatir el cáncer no pasa por demonizar al campo europeo ni por señalar a agricultores y ganaderos que producen alimentos reales. Pasa por educación, por calidad y por políticas basadas en evidencia, no en atajos ideológicos.
Porque, si de verdad queremos una sociedad más sana, quizá haya que empezar por dejar de buscar culpables fáciles y empezar a hablar —por fin— de lo importante.
