Por José María Castilla, director de la Oficina ante la Unión Europea de ASAJA
1) La foto que hace falta (y el contexto que falta)
Europa necesita una foto. No es una metáfora: necesita la foto. Después de una legislatura invertida en normar la realidad —en vez de producirla—, la UE busca un gesto que diga al mundo: seguimos ahí, hacemos acuerdos, creemos en el comercio, lideramos. Y ese gesto se llama Mercosur. ¿Por qué ahora? Porque los costes de la desindustrialización y de la transición mal gestionada han pasado de abstractos a concretos: energía cara, fuga de inversiones, pérdida de competitividad, fabricas que dudan, cadenas de valor que se reubican. Cuando uno aprieta el acelerador de lo climático sin pisar el freno de lo real, el coche no gira: se sale de la curva. Y al salir, uno busca una recta. Mercosur es esa recta.
La urgencia alemana no es un rumor; es economía política. Alemania —símbolo de la industria europea— ha comprobado que la tecnología no se decreta, que el motor eléctrico no se implanta por aplauso y que la energía barata no sale de reglamentos. Necesita mercado y materias primas; necesita abrir. Y Bruselas, que convirtió su poder normativo en identidad, entiende el mensaje: fumata blanca comercial cuanto antes. Todo encaja… salvo el precio. Y, si la historia nos enseña algo, es que la factura de los ajustes sistémicos suele llegar al campo.
2) Green Deal: cómo confundir instrumentos con fines
Digámoslo con ironía —por salud mental—: el Green Deal fue un extraordinario éxito… en su propia ceremonia. Nadie ha hilado con tanta solemnidad palabras tan severas como neutralidad climática, sostenibilidad, taxonomía, renovables, economía circular y biodiversidad. El problema es que la retórica no conecta enchufes, no alimenta motores, no fertiliza suelos y no estabiliza cadenas de suministro. Si además metemos prisa, prohibimos por adelantado, demonizamos la combustión completa —de los coches a la estación térmica—, y convertimos el ciclo productivo en una gincana de permisos, el resultado no es transición: es traslado. Traslado de producción, de inversión y de empleo.
Cerramos centrales de carbón sin alternativa competitiva inmediata; perseguimos el motor de combustión como si fuera el pecado original; sometimos a la industria a objetivos que no casaban con su contabilidad; y elevamos los costes regulatorios a un nivel más artístico que económico. ¿El mundo nos siguió? No. Y Europa quedó sola en su pureza. Una soledad muy estética, sí, pero pobre en fábricas.
3) De la potencia regulatoria a la potencia real (o la ilusión del ejemplo)
Europa decidió que sería potencia normativa. Y lo es. Lo hace magníficamente. Pero una potencia sin base productiva es como un conductor sin vehículo: puede tener carné y normas, pero no llega. Convertimos el “efecto Bruselas” en sustituto de la política industrial y agraria, asumiendo que el mundo adoptaría nuestro camino. El mundo adoptó otra cosa: nuestros mercados. Adoran vendernos. Comprenderlo no exige cinismo: exige realismo.
La narrativa sostiene que, con acuerdos comerciales benévolos y una agenda verde ejemplar, Europa compensará su caída industrial con exportaciones y servicios. ¿Exportaciones de qué? ¿De qué producción si los costes energéticos son altos, los permisos eternos y la incertidumbre regulatoria crónica? Allí donde no producimos, importamos. Y donde importamos sin reciprocidad, perdemos tejido local.
4) Mercosur como penitencia: cerrar para absolver
Así llegamos a Mercosur. No como proyecto equilibrado, sino como penitencia: cerremos rápido, mostremos apertura y esperemos que así el mapa macroeconómico nos dé aire. Alemania empuja; otras capitales asienten; la Comisión se apresta a coser salvaguardas decorativas. Y el agricultor, de nuevo, en el punto ciego.
La ironía es cruel: el acuerdo que podría ser un gran puente geopolítico se usa como esponja para borrar la pizarra de una legislatura que confundió el ecologismo normativo con la política de prosperidad. Se nos dice que habrá capítulos de sostenibilidad modernos. Lo hemos visto antes. Se nos asegura diálogo y participación. También lo hemos visto. Se nos promete que no habrá impactos graves. Y, sin embargo, la experiencia marca lo contrario cuando las asimetrías regulatorias son estructurales.
5) Reciprocidad: la palabra que todos pronuncian y casi nadie aplica
En ASAJA no rogamos privilegios. Rogamos reglas iguales. Cláusulas espejo que obliguen —sí, obliguen— a cumplimientos equivalentes: fitosanitarios, bienestar animal, trazabilidad, labores ambientales, deforestación, residuos, normas laborales. Y no sobre el papel; con verificación, con suspensión automática ante incumplimientos, con controles fronterizos que vayan más allá de la declaración amable del exportador. Si aquí prohibimos una sustancia, no la importamos en productos que la usaron. Si aquí exigimos un estándar, no lo rebajamos en frontera. Eso es reciprocidad. Lo demás es marketing.
Nos dirán que sin Mercosur seremos irrelevantes. El argumento es sofisticado: “o acuerdo imperfecto o irrelevancia”. Falso dilema. Un acuerdo puede ser bueno si corrige asimetrías; malo, si las perpetúa. El comercio no es virtud por sí mismo; lo son sus términos.
6) La economía moral del campo: producir no es un trámite
En los pueblos europeos no hay departamento de comunicación para contestar narrativas. Hay granjas, invernaderos, viñas, olivares, cereales, pastos. Hay rutas a los mercados, costes de gasóleo, facturas de luz, intereses bancarios, precios en origen que se mueven, riesgos climáticos reales y no conceptuales. Cada exigencia normativa entra en una explotación como entra la lluvia: mojando de verdad, no metafóricamente. Cuando Bruselas decide subir el listón, lo hace para el productor europeo; cuando firma un acuerdo, suele bajar ese listón para el producto importado. Este es el desajuste que rompe la economía moral del campo: la sensación de ser el único que cumple todo… y el único que paga por cumplir.
7) El consumidor: aliado natural, víctima potencial
El consumidor europeo es aliado natural del productor cuando sabe lo que compra. Cree —con razón— que lo que hay en el lineal refleja estándares europeos. Si la UE “externaliza” la exigencia (permitiendo importaciones que no cumplen lo que exigimos dentro), el consumidor se convierte en víctima de una incoherencia. Paga por seguridad y sostenibilidad y recibe un relato. Por eso defendemos la reciprocidad también como protección del consumidor. Que cada etiqueta sea verdad, no publicidad.
8) Qué significa “cerrar bien” Mercosur (y qué significa “mal”)
Cerrar bien es esto:
• Cláusulas espejo exigibles, con mecanismos de verificación independientes y suspensión inmediata por incumplimiento.
• Controles en frontera con medios y capacidad sancionadora, no formularios de cortesía.
• Salvaguardas automáticas por perturbación en mercados sensibles (carne, azúcar, aves, cítricos, soja, etanol…), con umbral cuantitativo claro.
• Trazabilidad robusta, digital y auditada.
• No a importar lo que aquí prohibimos (sustancias, métodos o estándares).
• Calendarios reales de adaptación, fondos que apalanquen inversión (no parches), y plan de competitividad agraria europea (agua, regadío modernizado, innovación, genética vegetal, mecanización y energía competitiva).
• Guillotina regulatoria: revisar, simplificar y armonizar cargas que ahogan al productor sin aportar valor ambiental tangible.
• Política industrial que acompañe a la agraria: si fabricamos maquinaria agraria aquí, si innovamos en bioinsumos aquí, creamos sinergias.
Cerrar mal es todo lo contrario: firmar a velocidades de tuit, confiar en capítulos blandos de sostenibilidad, repetir que “los consumidores ganan” como si los productores no existieran, y subestimar el poder de una asimetría estructural. Cerrar mal es usar el campo para lavar culpas.
9) La geopolítica de los alimentos: seguridad no es un eslogan
En el mundo que viene —de bloques, tensiones, choques logísticos—, alimentar a tu gente se parece mucho a defenderla. Soberanía alimentaria no es autarquía; es capacidad interna suficiente, diversificación externa sensata y resiliencia. Si desmantelamos nuestro tejido agrícola a base de acuerdos asimétricos y normas desconectadas del terreno, nos volveremos dependientes y frágiles. He aquí la ironía máxima: una UE que predica resiliencia y autonomía estratégica… y que al mismo tiempo erosiona su capacidad de producir alimentos. ¿Qué parte de estratégico no es el pan de cada día?
10) Alemania, Bruselas y el precio de la prisa
La prisa es entendible en Berlín; menos en Bruselas. Porque la Comisión no está para sanar contabilidades nacionales a golpe de agreement; está para proteger el interés europeo. Mercosur podría ser un grandioso acuerdo si nace de la simetría y la responsabilidad. Si nace de la prisa, nacerá torcido. Y cuando un acuerdo nace torcido, se enderezará con dolor: cierres de explotaciones, concentración, abandono de zonas rurales, pérdida de diversidad productiva, más dependencia y, al final, precios que no bajan mágicamente, porque los intermediarios sí entienden la economía real.
11) Lo que pedimos (y lo que no)
No pedimos muros. Pedimos reglas iguales. No pedimos excepciones eternas. Pedimos tiempo real para adaptar y competir. No pedimos cheques de consolación. Pedimos inversión en competitividad. No pedimos que el mundo sea Europa. Pedimos que Europa no sea ingenua. Y, por encima de todo, pedimos que el agricultor deje de ser la moneda de cambio.
12) El coste humano: dignidad, no épica
A fuerza de repetir “resiliencia”, hemos convertido la dignidad en epopeya. El agricultor no quiere épicas: quiere precios justos, costes razonables, normas sensatas y respeto. Quiere poder invertir sin miedo a cambios bruscos. Quiere vivir de su trabajo. Cuando se le usa para equilibrar tratados, se rompe un pacto social básico: el de una Europa que no abandona a quienes la alimentan.
13) Consumidores y sociedad: el nosotros verdadero
Por eso apelo a la sociedad —a quienes comen todos los días, a quienes aman los pueblos, a quienes no quieren un continente museo, sino vivo—. Lo que está en juego no es un capítulo de un tratado, es un modelo de convivencia: producción cerca, calidad verificable, territorios con futuro, jóvenes que se quedan, tecnología que llega al campo, transición sí, pero con la gente dentro. Si Mercosur ha de firmarse, que sea como adulto: con reciprocidad, con garantías, con respeto. Si no, que no cuenten con nosotros para poner la cara.
14) La instrucción final: cambiar el marco, no solo el titular
Europa debe cambiar el marco. No necesitamos otro titular; necesitamos otra base.
• Política industrial que baje costes y atraiga inversión.
• Energía competitiva y segura.
• Simplificación regulatoria que quite ruido y añada certezas.
• Inversión en I+D agro: genética, bioinsumos, riego eficiente, mecanización inteligente, digitalización útil.
• Reglas espejo en comercio, sin autoengaños.
• Controles reales, no declarativos.
• Formación y relevo generacional con incentivos de verdad.
• Infraestructura logística para exportar calidad.
Con eso, Mercosur sí puede ser un buen acuerdo: porque dejaremos de intercambiar dignidad por papel. Porque el comercio se hará entre iguales, no entre quien cumple y quien mira. Porque el consumidor sabrá que cada euro sostiene calidad, empleo y territorio, aquí y allí.
15) Epílogo: la ironía que ya no queremos
La ironía es útil para desnudar contradicciones. Pero no queremos vivir de la ironía. Queremos vivir de nuestro trabajo. Europa ha sido grande cuando ha sido capaz de unir principios con industria, ambición con granja, clima con realidad. Si Mercosur sirve para eso, bienvenido. Si sirve para pedir perdón sin cambiar nada, no cuenten con el campo.
Porque no somos una estadística de ajuste. Somos la comida de cada día, la vida de los pueblos, la piel del territorio y la memoria de Europa. Y no estamos en venta. Decimos basta.
16) Lo que haremos
En ASAJA vamos a hacer lo que nos toca:
• Movilizar al sector para que su voz no se diluya en el protocolo.
• Dialogar con quien quiera escuchar, con propuestas concretas y viables.
• Señalar cada asimetría, cada falla de reciprocidad, cada promesa vacía.
• Aliarnos con consumidores, ayuntamientos, regiones y empresas que entienden que sin campo no hay futuro.
• Proponer una hoja de ruta de competitividad agraria que no dependa de parches, sino de decisiones de Estado.
Porque Europa no necesita otra foto. Necesita volver a producir, comer de lo suyo, comerciar en igualdad y respetar a quienes la sostienen cada día.
